Publicado por Tormento el 19 de Octubre de 2008

Me voy a evitar el espinoso tema de Opus (o casi) y voy a hablar de lo realmente importante de Camino: ¡Sale mi cole! Sale la capilla donde hice mi primera comunión y donde hablé por primera y no última vez a mi público, ese que tanto me ama; salen los bancos al lado del despacho de la directora, donde una vez me esperara un psicólogo para hacer un estudio con la más lista y la más tonta del colegio (ya veo a alguno diciendo que yo era la tonta, ya); sale la cancha de baloncesto donde nunca me pasaban la pelota; salen las gradas del patio de donde nos desalojaba Sor Francisca a golpe de castañuela, que tanto valía para llamar al rosario de los viernes como para arrearnos con ella en la cabeza en caso de insumisión; salen las clases en donde me ponían de pie castigada por rajar con mi compañera de pupitre; y sale la escalera de entrada con la clase en formación de foto, de esas que tengo una por curso con la sola ausencia de las dos monjas-cancerbero a cada lado.

Y yo, que nunca fui feliz en el colegio, me sentí nostálgica en medio de esta película dirigida por un chico de mi generación, llena de referentes propios de los que hemos ido a los mismos colegios y a las mismas consultas de médicos indocumentados del barrio de salamanca, de sillones de cuero con chinchetas y mesas castellanas y de diagnósticos errados.

A la protagonista de la película uno de ellos le cuesta un tratamiento tardío que la lleva a la muerte; a mí un indocumentado similar me tuvo un año con los dolores de cabeza más horripilantes que nadie pueda imaginar por no mirar donde debía con un aparato que cualquiera de su especialidad debía de tener en su consulta en lugar de un Lladró. Supongo que de esa época me viene el odio por tan internacional compañía española.

A pesar del gran acierto de Fesser de elegir mi cole, la peli no le sale redonda: no puedo con esos momentos P. Tinto de niña en fase REM, que baila y canta y que habla con el sombrerero de Alicia en el Pais de las Maravillas con acento “rebelde gueí”. Ni puedo con esa indefinición temporal estética, que hace que no se decida por el momento en que la niña a la que se dedica la película murió (1985) y el 2001-todavía-con-pesetas en que ambienta la cinta.

Por todo lo demás, no hay nada que se cuente del Opus que no sea verdad: los conventos de numerarios en los que las mujeres son de segunda división; las explicaciones iluminadas pero en tono comedido y contenido para explicar las más terribles situaciones; los estrategas de la obra, que lo mismo te hacen un beato que te nombran un consejo de ministros.

Volviendo a la autocita, aún recuerdo con horror el velatorio de la hija de una compañera de mi madre, “miembra” del Opus. La muerta, tras varios años de depresiones profundas producto, dedujimos, de los clubes y actividades de la obra y de una madre amantísima pero teledirigida, no pudo más y mientras su madre luchaba por apartar la cama con que bloqueba la puerta de su dormitorio, se tiró por la ventana. Allí estábamos mi señora madre y yo escuchando la versión Opus del suicidio: la chica amaba tanto a la Virgen que, intentando abrazarla al verla en el patio de la casa a la altura del tendal del quinto izquierda, trastabilló y se esmoñó.

Mientras nos temblabla el bolso, escuchámos cánticos, recuerdos de las bonitas actividades compartidas y manifestaciones unánimes de envidia por la finada que ya se encontraba en compañía de la Virgen del tendal. Me tuvo que agarrar mi madre cuando les iba a sugerir que probaran suerte a ver si también se les aparecía a ellas y nos hacían precio en la funeraria por grupo místico.

Esta película me ha recordado a esta madre y a esta hija, gente decente, buena y abnegada, como la que protagoniza la película, pero lamentablemente catequizada por una secta de protección-clerical que necesita esta gente prescindible para dar cobertura a su infinita soberbia y ambición.

Disclaimer: Ni mi colegio era del Opus, ni todos los médicos del barrio de Salamanca son unos indocumentados. Lo digo para que no le metan un pleito al jefe que luego no me duerme con esto de las querellas. En cuanto al Opus, aguantaré el chaparrón que Dios me mande y se lo ofreceré a Jesús.


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