Lo bueno de tener que ir a trabajar fuera es que te obligan a viajar. Ya sé que todo el mundo anda despiporrado pillando los puentes para salir huyendo de una realidad que, a su pesar, les acompaña donde van. Pero a mi cada vez me da más pereza viajar.
Mientras los amiguetes se iban al eFindex a pontificar un ratito, yo hacía la maletita intentando encontrar una excusa para perder el avión ¡Y anda que no hay! Pero me salió la prusiana que llevo dentro (tras llamada a mi padrino de “escaqueadores anónimos”) y me fui a desnudarme al control de la T1.
No se si alguna vez os he contado que antes de ser japonesa fui francesa (y algo vienesa, y un tanto berlinesa) con lo que fue pisar la Terminal 3 de Charles De Gaulle, que es como aterrizar en Socuéllamos, y ya me cambió el carácter.
Más por no tener la agarrada que por la pasta evito a los taxistas de aeropuerto, y como la Gare du Nord me da repeluco, me monté en el RoissyBus que te deja en la Opera rodeada de tienduquis. Esa combinación unida al gentío propio de un sábado por la tarde me decidió: aunque empuje las rueditas de la maleta yo me quedo por aquí dando vueltas. Cayeron los tés de rigor de Mariage Frères y alguna que otra chuminada. Ataqué varias librerías, con la excusa de que luego no lo encuentro en Madrid, dandole vaivenes a la gente con la maletita. Para esos casos el “desolée” es estupendo.
Andandini me planté en Eldorado, hotel que hace honor a las dos palabras de moda: cheap and chic (barato y elegante). La noche cuesta entre 33 y 57 euros y las habitaciones están decoradas con mucho gusto a base de atacar los brocantes (figura inexistente en España). Eso sí: ni tele, ni ascensor y, la primera noche, ni cuarto de baño. Os escribo ahora desde el 4 piso, en una habitación daliniana levemente en desnivel, esta sí con su cuarto de baño, que las hordas del puente han dejado libre.
En fin que sudorosa y sin ducha me tiré a la calle a buscar un sitio para cenar y un cine. Estoy en una zona curiosa: a un lado Pigalle, barrio popular donde los haya, y al otro Batignolle, zona de bobos (o sea, los modernos bohemios y bobos). Como no tenía conexión (el de la recepción mono pero nuevo) me tiré a ver los horarios de los cines. Dura elección: o me voy al Pathé de doscientas salas palomiteras o al muy intenso Cinema des Cineastes que, además de costar dos euros más, ponían una japonesa premiada en Cannes. Uf… A la vista del panorama me fui a cenar. Por supuesto a un japo: Naoko (11 rue Biot). Se come de lujo y a un precio razonable. Para acertar, pedid las especialidades y pasad de la carta. Tanto sushi moriwase ya cansa.





