
Volví durmiendo cual lirón marmotil durante el vuelo desde Colombia. No es de extrañar: entre el rumbeo, el jet lag y el trabajo (este poco, pá que engañarnos) estaba hecha una bayeta. Me puse mi kit de vuelo (antifaz, tapones en los oídos y mascarilla de japonesa histérica para no acatarrarme) y le ronqué a un jovenzuelo enganchado a un móvil y a un aeromozo con novio en España que me atendió como a la reina de la clase turista.
Me dejé allí a una Colombia desmerecida, a la que le hicimos la puñeta cambiándoles la cultura lisérgica de los chamanes por la capillita y el rosario de las cinco. Vivían ellos tan panchos fabricándose en oro bandejitas para poner las rayas de seta alucinógena y llegamos nosotros en plan tieso y usamos ese oro para los retablos de las iglesias que pueblan Bogotá. A pesar de eso, nos siguen dirigiendo la palabra con una consideración y cariño que no nos merecemos.
Me traje estupendos recuerdos y un agradecimiento eterno a Fernando H. que no sólo me enseñó los secretos de la Bogotá más fina, sino que me integró en su “equipo” como uno más, desde el principio y sin reservas. Bogotá no hubiera sido lo mismo sin su compañía y afecto.





