Dicen que lo importante no es llegar, si no el camino en sí.
El chiste, lo que viene siendo el mismo chiste como unidad indivisible, es malo de solemnidad, pero los prolegómenos no pueden ser mejores. Faemino y Cansado en estado puro. Disfuten.
Como conseguir con sólo unos cuantos palabros raros en inglés, una corbata a juego con el traje y un despacho diseñoso convertirte en un “listillo 2.0″ y seguir aprovechándote también en el mundo virtual de los Faustos que por el mundo hay.
La parodia ha sido perpetrada por Julio Garma en el guión y Alex Otero en la ilustración y corresponde al segundo capítulo de Freaklances, una serie que, aunque sólo llevan dos capítulos, es altamente recomendable.
Y es que ya lo dicen ellos mismos: “Freaklances es una serie de ficción. Cualquier parecido con la realidad está cuidadosamente planificado, por lo que si te ves reflejado en algún personaje, cliente o agencia es que muy posiblemente seas tú”.
¿Quién sabe? a lo mejor el futuro de la prensa pasa por sustituir el tradicional deuvedé que te regalan con cada periódico por un sujetador de encaje a juego con las bragas…
- ¡Mamá, me bajo!, gritabas, mientras en una mano agarrabas el bocadillo de Nocilla y en la otra tirabas del pomo de la puerta de entrada para cerrarla.
Bajabas las escaleras a toda prisa, y si eras el primero en llegar a la calle, aporreabas los telefonillos de los compañeros de andanzas al grito de “¿Bajas?”
Una vez reunidos todos, en la calle, la mayor preocupación era saber a qué ibamos a dedicar la tarde: ¿al “churro, media-manga o manga entera“, a las chapas o el gua? Los prepúberes también optaban por la posibilidad del “verdad o consecuencia“. Se jugaba a lo que decidía la cooperativa y durante esos breves momentos eras el dueño de tu propia infancia. Los cromos, las canicas eran tus bienes más preciados y el palulú nos destrozaba la tela de los pantalones
Descanso a media tarde para beber el correspondiente vaso de agua en casa de alguno de los presentes y a seguir. Luego, llegada la hora de volver a casa, el móvil ni existía ni teníamos y era reemplazado por el grito por la ventana: ¡A casa! A lo que se respondía: ¡Voy! y tras cinco minutos de escaqueo se iniciaba la vuelta al control parental.
Eso hace tiempo que dejo de existir, por lo menos en nucleos urbanos. Ahora, las urbanizaciones (esas que tiene piscina y pista de padel) están cerradas, vigiladas y el asfalto se apodera de todo. La arena brilla por su ausencia y el fútbol ratero y callejero está prohibido (en el colegio si acaso). Los niños no se relacionan entre sí y sólo si vives en el mismo bloque tienes opciones de juntarte con alguien afín en edad y gustos.
Se ha llegado a un punto en el que nuestro correo privado lo gestiona GMail, en GReader tenemos nuestras lecturas diarias, confiamos a SlideShare nuestras presentaciones, Flickr guarda nuestros recuerdos gráficos más preciados y YouTube es el reproductor de vídeo favorito. Además, eso de hacer backups en nuestra máquina no se lleva. Ocupa espacio y tiempo.
Ahora, resulta que nos gastamos una pasta (entre 300 y 1.000 euros según el caso) en comprarnos una máquina que en la mayoría de los casos, y previo pago de su importe, nos va a servir para conectarnos a internet y poco más. Los “chorrocientos” megas del disco duro sólo nos sirven para almacenar películas, música y fotos a cascoporro, que una vez vistas, dormirán el sueño de los justos.
Así, toda nuestra vida (la digital y la analógica) está guardada en ese etéreo limbo virtual que líricamente llamamos “nube”. Compartimos nuestros registros privados más íntimos con los datos de otros 20 ó 30 millones de personas más. Y todo ello, en los servidores de empresas, muy honradas todas ellas, pero americanas, ucranianas, neozelandesas o de Osetia del Norte, se llamen “Google”, “Yahoo” o “Porrompompero internet SL”.
Seguro que hay danzando por ahí miles de estudios de lo seguro, fiable y económico que resulta almacenar nuestros datos en la allí arriba pero, que quieres que te diga, no me da mucha confianza. Y más, si yo no puedo saber “a que huelen las nubes”…
El día que por cualquier circunstancia alguien apague la luz y nos deje a oscuras, empezará a llover chuzos de punta y nosotros estaremos sin paraguas…
Ya tenemos el remedio definitivo contra la crisis. Los Anuncios de Google nos dan la solución. La campaña fue contratada por el Instituto de Acceso a la Función Pública.