Archivos de la categoría ‘Tormento’
Publicado por Tormento el 8 de Diciembre de 2006
Atacada del espíritu de “Nacida libre” y con el clásico furor de “ya que nos hemos venido tan lejos, no vamos a dejar de..” me apunté a la salvaje aventura del Rhino & Lion Nature Reserve que prometía ser el tostón que fue.
Y es que no se puede ir buscando aventura al tiempo que se busca una actividad “malaria free”. Los que tenemos unos años nos acordamos del Safari Park, que era un sitio de visita de colegio, donde se veían animales salvajes desde dentro del bus con el que nos llevaban a visitar la fábrica de leche Ram.
Aquí la cosa es mucho más apasionante: te montan en unos jeeps al pairo en el que el mayor riesgo no es que te lleve un brazo un león, modelo profesional, sino que te esmoñes por los desmontes de la reserva o se te lleve por delante un ramaje que el conductor no evita para darle más sensación de campo al asunto. Te llevan anocheciendo que es cuando el mundo salvaje sale al encuentro del hombre blanco. Como de lo que se trata es de sacar fotos, se rodea a los animalicos en cuestión se les ciega con unos focos y ellos, como los profesionales que ya os he dicho que son, mantienen la pose para los unos y miran intensamente a los otros, dando siempre su mejor perfil.
Como una vedette de las de antes, cuando termina el pase, el macho dominante se levanta indolente y hace un mutis que ni Sir Laurence Olivier. Un espectáculo.
Luego a cenar lo de siempre (tan bueno como de costumbre) y a la salida, persecución con focos a todo lo que se mueve a ver si le vemos el culo a un rinoceronte. Objetivo cumplido: se lo vemos, al tiempo que uno de los negros que trabajan en la reserva nos dedica un corte de mangas.
Todo muy propio y merecido.
Publicado por Tormento el 5 de Diciembre de 2006
No se de que vive la gente aquí (en Sudáfrica), pero me informan que un número muy importante de ellos viven de proteger a la minoría blanca del ataque de la mayoría negra que (¿por qué será?) les tienen un poquito de manía. El hotel junto a nuestro Fort Knox ha sufrido 22 ataques en lo que va de año. Cuando tu vida no vale un pito no valoras mucho la de los que atacas y violas, qué se le va a hacer. Teniendo en cuenta el porcentaje de enfermos negros de VIH que hay en Sudáfrica, hasta el MAE te daba instrucciones de qué hacer en caso de violación (alguien se ha debido de quejar, porque lo que el MAE publica ahora no tiene nada que ver con lo que imprimí el 4 de octubre). No hay más que leer Desgracia o Esperando a los bárbaros de Coetzee para entender de qué va esto.
Y de lo que va me lo cuenta una sudafricana en estos términos:
- Los problemas de seguridad es el coste que hay que pagar por vivir en el primer mundo a precios africanos. Mi casa, un chalet de cuatro habitaciones, piscina, garage… cuesta 8.000 euros, valla electrificada incluida. Yo vivo en uno de esas urbanizaciones (señala una agrupación de chalets rodeados de unos muros como los de Alcatraz, como tantos que se ven en la carretera de Johannesburgo a Pretoria). La pena es tener tan cerca uno de esos “informal settlements” que lo afean tanto.
- Parece un poblado chabolista, como en los que se vende droga en España, le replico ante una denominación tan cursi como “asentamiento informal”.
- Es el nombre oficial que reciben, me contesta. Han decidido que no es ilegal montar el chabolo en cualquier parte, para evitar problemas, pero como tampoco los regularizan dándoles servicios han decidido ubicarlos en el terreno de la “informalidad legal”.
- Y ¿de verdad os compensa vivir así, paseando por calles de imitación?
- ¿Dónde iba a tener el servicio doméstico que tengo al precio que pago aquí? Por unos 150 dólares tengo una interna que cuida de mis tres hijos, de la casa, de todo. Además, no tiene queja, le hemos dado una educación para que así pueda educar adecuadamente a nuestros hijos. Es una cuestión de acostumbrarse y de pagar un extra por seguridad. Mira, aquí debajo del salpicadero llevo un botón del pánico: si me atacan en un semáforo, lo aprieto y de inmediato tengo encima un helicóptero de la compañía de seguridad con sus armas al hombro. El coche, aparte del GPS, tiene sensores por todas partes. Si alguien intenta desmontarme una rueda saltan y la policía le pilla de inmediato. El otro día que entré en Soweto para llevar a unos amigos a visitar la casa de Mandela recibi una llamada de los de seguridad “Madame, ¿sabe que está entrando en Soweto? ¿va por su propia voluntad? ¿seguro?”, y así cada cinco minutos.
No quise seguir preguntando.
Publicado por Tormento el 3 de Diciembre de 2006
Con nombre de batalla de la Segunda Guerra Mundial, tras el obligatorio control de seguridad, se encuentra el centro del pijerío de Joburg (Johannesburgo para los de allí): una reproducción a escala natural de un pueblo de la Toscana italiana.
Yo, que sin mediar provocación me apunto a un bombardeo, cuando me propusieron salir a cenar “por ahí” en esa tierra africana electrificada me sentí como una Lady inglesa buscando las fuentes del Nilo. De camino me fueron contando que, a la vista de que el centro histórico de Joburg está tomado al asalto en plan Mad Max, han decidido hacer otro centro bunquerizado y en fino que era, precisamente, hacia donde dirigíamos nuestros pasos. ”Mirad -dije, dirigiéndome a mis salvadores- vaya horterada que hay a la derecha de la carretera. ¡Si parece un pueblo español con su torre de iglesia y su canesú!”. Por primera vez en mi vida lamenté haber aprendido a decir horterada en inglés: ése era nuestro destino, Montecasino.
Montecasino es una combinación de parque temático, centro comercial, casino y hotel, éste imitando un palacio italiano (el Intercontinental Palazzo). No os hacéis idea lo raro que es cenar mirando a un jardín sacado de La Dolce Vita, sabiendo que estás en los confines del continente africano, a pesar de que la noche era estupenda y la comida mejor.
Pero más rara aún es la entrada en el edificio a lo Samuel Bronston que constituye el edificio principal. Porque Montecasino, el mega edificio, encierra en sí mismo una reproducción de un pueblo italiano, con su suelo de empedrado como hecho por Vicente Rico, sus callejuelas, sus Fiats 600, sus sujetadores colgados de los tendederos napolitanos, sus puentes del amor y su cielo falso en el que proyectan un día infinito.
Al entrar (señores por el portón de la izquierda, señoras por el de la derecha) te pasan el detector de metales y te invitan a dejar tus armas en los “gun deposit boxes” que se encuentran donde en otro país estaría el guardarropa. Si quieres comprar e ir al cine, te paseas por el Montecasino de día. Si quieres cenar, tomar copas y jugar en el casino, te vas al de noche. En éste la sensación es la de estar en Las Vegas, con sus vedettes y sus plumones, en lugar de en un pueblo italiano en Sudáfrica.
La verdad es que uno acaba saturado de estas realidades virtuales en plan muñeca rusa: cuando crees que estás en Las Vegas-Matrix, resulta que descubres que se trata de la Toscana-Sión, que en realidad oculta la Sudáfrica blanca, esa que es, en sí misma, otra realidad paralela.
Publicado por Tormento el 23 de Noviembre de 2006
Como me tienen encerrada trabajando en un sitio post-colonial con sándwiches de pepino y té a media mañana, me doy a la tele local al acabar el día. No es que sea muy excitante, pero ya he hecho mis gestiones para sobornar a los amables carceleros con acento afrikáner e intentar ver algún leoncito que otro los próximos días para justificar el tupe de los 11.000 kilómetros.
El panorama televisivo en este idílico paraje se reduce a algunas emisoras por cable y a los dos canales de la BBC sudafricana (la SABC) en la que nos amenizan con series locales en algunos de los variados idiomas del país.
Paseo por las series internacionales y me trago el mismo episodio de CSI NY que he visto ya tres veces, una en Beijing, otra en Bogotá y la penúltima en Madrid. ¿Será una señal de que he de dejar de viajar?
Paso a la SABC y me encuentro con una entrevista a Morgan Freeman que va a encarnar a Mandela en una película. Está en Cape Town invitado por el Festival Internacional de Cine de esta ciudad que se desarrolla con una pobreza de medios comparable a un cineforum de colegio mayor. Sufro pensando que la foto del fondo del set se le va a caer a Morgan encima de un momento a otro, así que zapeo en busca de la vigésimo tercera reposición de Las Vegas cuando me encuentro con un programa americano (Cheaters) que consiste en que una novia/o- esposa/o que sospecha que su pareja le pone los troncos (El Fari dixit) se lo cuenta a la cadena de televisión que retransmite en directo la pillada y, de paso, las patadas y los insultos que es lo que más entretiene.
Lo llamativo de este programa no es ésto último, de lo que andamos sobrados en España, sino que los insultos (que son prácticamente todo los diálogos) no son sólo sustituidos por silencios sino que pixelan la boca para que los sordos no puedan leer los tacos de los labios. Así que me quedo sofronizada, mientras observo en medio de un silencio pixelado a unos americanos gañanes darse gritos silenciosos.
Definitivamente, necesito salir de aquí.
Publicado por Tormento el 21 de Noviembre de 2006
Este baulcillo continua su Tormento’s World Tour 2006 en el país del apartheid, Mandela, el té rooibos y los muros electrificados con alambres de espino. Os escribo desde Sudáfrica, país con acrónimo de Sociedad Anónima. Bien mirado, es una estupenda manera de referirse a esta nación: cuenta con un consejo de administración de negros con blanco cuota y un capital en manos de los blancos que viven escondidos tras los muros de sus casas y edificios securizados.
En este viaje, me temo, no voy a poder compartir el color local como en el caso de Bogotá. Estoy viviendo en el edén (como se puede ver en la foto) con una constante y discreta seguridad perimetral de 22 tios con rifle al hombro. Cuando sales todo es de cartón piedra securizada y si tienes oportunidad de ver la trastienda, es de negros andando por los arcenes en dirección a los township donde viven.
Estamos aquí 200 personas (blancas, mayormente) de 50 nacionalidades y a nuestros anfitriones sudáfricanos se les caen los pulsos de pensar que nos ocurra algo. Así que todas sus propuestas pasan por salir de un sitio electrificado a otro con barrera de acceso y arcos de seguridad.
Os puedo adelantar que la comida es deliciosa, y la gente educada y encantadora; la blanca porque sobre la negra no tengo criterio ya que donde estoy encerrada sólo trato con sudafricanos blancos. Por contra, todos los servicios son prestados por gente negra. Desde que llegué sólo he visto un camarero blanco que, para colmo, creyó halagarme diciendo que era igualita que ¡su suegra!
En fin, como siempre, continuaremos informando.
Publicado por Tormento el 8 de Noviembre de 2006
Antes de mi etapa japonesa, tuve una etapa alemana en la que me aprendí de memoria todas las canciones de Hollaender, Kurt Weill y Bertold Brech y parte de las óperas que compusieron durante el apasionante y funesto periodo de entreguerras.
Una de mis favoritas, por cierto, es ésa de Hollaender que cantaba la Dietrich en El ángel azul con voz rota “Ich bin von Kopf bis Fuß auf Liebe eingestellt” (Estoy hecha de amor de la cabeza a los pies…). Recomiendo la versión de Ute Lemper para veladas de alto contenido erótico-cabaretero-momento-república-de-Weimar. (Podéis oírla más abajo).
Todo este despliegue de erudición de repelente empollona viene a cuento de mi viaje relámpago a Berlín. “No bien” puse el pinrel en la T4 procedente de Colombia, me tuve que ir a Berlín. Uno de esos viajes que te envidian todos y que consiste en llegar a una ciudad tan vacía que parece sacada de “El tercer hombre”, verte Matrix Reloaded en alemán a las tres de la mañana porque no te duermes ni con recomendación, despertarte escorromoñada y desorientada, pisar la reunión, salir chutando y hacerte una anotación en el avión de vuelta.
Hace muchos años que no pisaba Berlín, una ciudad que fue como mi casa mientras intentaba aprender alemán compartiendo habitación con una japonesa que sólo hablaba japonés y alemán. ¡Todavía recuerdo una merienda con la japonesa en el Café Einstein! Ella hablaba alemán y yo intentaba recordar que verbo partible había usado para poner la parte correspondiente al final de la frase. Conocí el Berlín de los okupas que tiraban el muro, el que parecía que acababan de bombardear, el que tenía el solar más grande de Europa en el centro de una ciudad, el que organizaba fiestorros en antiguos bunkers nazis. Christo se dedicaba por aquel entonces a envolver el Reichstag en sus sedapones y yo me dedicaba a buscar mi verbo.
Volví a ver el engendro de cristal de Norman Foster y las obras de Postdamer Platz. Ahora sólo alcancé a ver el edificio Sony desde el taxi. ¿Mantendrá Berlín esa alma diferente o será ya de cartón piedra como el resto del universo mundo? Tendré que esperar al siguiente viaje para saberlo.
Ich bin von Kopf bis Fuß auf Liebe eingestellt. Ute Lemper
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Publicado por Tormento el 5 de Noviembre de 2006

Volví durmiendo cual lirón marmotil durante el vuelo desde Colombia. No es de extrañar: entre el rumbeo, el jet lag y el trabajo (este poco, pá que engañarnos) estaba hecha una bayeta. Me puse mi kit de vuelo (antifaz, tapones en los oídos y mascarilla de japonesa histérica para no acatarrarme) y le ronqué a un jovenzuelo enganchado a un móvil y a un aeromozo con novio en España que me atendió como a la reina de la clase turista.
Me dejé allí a una Colombia desmerecida, a la que le hicimos la puñeta cambiándoles la cultura lisérgica de los chamanes por la capillita y el rosario de las cinco. Vivían ellos tan panchos fabricándose en oro bandejitas para poner las rayas de seta alucinógena y llegamos nosotros en plan tieso y usamos ese oro para los retablos de las iglesias que pueblan Bogotá. A pesar de eso, nos siguen dirigiendo la palabra con una consideración y cariño que no nos merecemos.
Me traje estupendos recuerdos y un agradecimiento eterno a Fernando H. que no sólo me enseñó los secretos de la Bogotá más fina, sino que me integró en su “equipo” como uno más, desde el principio y sin reservas. Bogotá no hubiera sido lo mismo sin su compañía y afecto.
Publicado por Tormento el 3 de Noviembre de 2006
Los colombianos son unos seres sobrenaturales dotados de la pila perfecta, esa inagotable y autorrecargable que llevan buscando los del MIT desde hace varios años. Hay que verles bailar esa música machacona y repetitiva durante horas sin perder la sonrisa para comprender que no son de este mundo. A los demás, el alcohol nos puede ayudar a superar el dolor de tobillos pero nos mantiene a años luz de estos supermanes del baile. Toda Colombia está llena de “rumbeaderos”.
Si el rumbeo es en Andrés Carne de Res, la cosa ya es antológica. Este local de Bogotá con nombre de Asador Donostiarra es uno de los sitios más bizarros y más recomendables que he conocido últimamente. Por lo pronto es intrasladable, lo que en el mundo de la franquicia planetaria es muy de agradecer. Sólo puede funcionar donde está, como está y con la gente que lo lleva. No sólo está lleno de camareros macizos de ambos sexos con el nombre pegado en el culo a modo de matrícula (puedo asegurar que es la primera vez que he sido capaz de recordar el nombre de todos los camareros que me han atendido) sino que se come la mejor carne que recuerdo rodeado de una permanente performance y entrega de todo tipo de adminículos (fliers para la fiesta de Jalogüín, sombreros de paja, caretas de niños tipo Chuky, el kit de cumpleaños al estilo Andrés, etc). Las performances que varían de día en día y de hora en hora no tienen nada que ver con las petardadas de los restaurantes temáticos o drag con las que ya nos aburrimos en los locales españoles. Parece que entre pitos y flautas, Andrés tiene a 800 personas trabajando en este parque temático surrealista.
Customizan hasta el último adminículo que uno quiera imaginar: las botellas de agua (ver foto de “Rebajando el tinto”) vienen con relicario y el kit de dulces que te traen con la cuenta (“dulcemente adios”) lleva el logo de Andrés hasta en la moneda de chocolate. La carta es una versión de los picapiedras de una página web: una caja metálica con dos manivelas (una arriba y otra abajo) que hacen correr al modo de un cursor un menú infinito en el que nunca sabes que pedir. La cuenta, una vez pagada, viene en un cilindro metálico cerrado y para asegurarse que no te haces un sinpa los días de lío (en los que acabar bailando encima de la mesa es obligatorio) te dan un abanico cerrado en el que va adosado los datos de tu mesa, la camarera que te atendió y a la hora que te vas. Sirve de recuerdo y de salvoconducto.
Visualmente, el local es el almacén de un chamarilero que homenajea a Beuys (que era capaz de vendernos una bolsa con sangre de conejo como una obra de arte). De hecho, conozco algunas obras colgadas en la Tate que palidecen al lado de las cajas donde te traen la cuenta (recicladas de cualquier caja metálica, con una linterna, una lupa y alguna que otra sorpresa), las lámparas en forma de corazón art brut tipo “forget me not” que identifican cada mesa o cualquiera de los doscientos mil adminículos colgados por todas partes, reciclados en la fragua de Andrés el “reciclator”.
La tentación de meterte en el bolso todo lo que te traen ha sido convenientemente aprovechada por el listo Andrés que bajo el lema “Déjale a Andrés lo que es de Andrés”, ha abierto un almacén en el que puedes comprar los vasos, tazas, cajas de madera en las que llevarse la comida sobrante y todo lo que se te pueda ocurrir que hayas visto en el local y que te apetezca llevarte ¡que es mucho!
Ya podrían los del infumable ¡Mira quien baila! pasarse por allí a hacer el casting.
Publicado por Tormento el 1 de Noviembre de 2006
Junto con anuncios de pañales para niños y lujosos coches para familias perfectas, irrumpe con tono de chundarata el anuncio ”Guerrillero, ¡desmovilícese!”
Esta es una campaña del Gobierno colombiano para terminar con la guerrilla en la que, tras las consabidas imágenes de ex-guerrilleros de toda la vida sentados detras de ordenadores cogiendo el ratón con prevención, nos glosan las ventajas de dejar atrás la vida de violencia y balasera e integrarse en una sociedad que no parece todavía capaz de dar trabajo a los que no se paseaban con una metralleta en ristre. Para anirmarles más aún, les recuerdan que sus familias les esperan, como si eso fuera un plus con las familias que hay por ahí sueltas.
En fin, que aunque carezco de datos (ni serios ni ningunos) para afirmar que la campaña haya sido un éxito, no deja de sorprender como las cicatrices de las naciones te pueden esperar tras el anuncio de la última Blackberry.
Traslado la idea por si alguien de nuestro Gobierno se quiere hacer eco de ella, ahora que andamos de negociaciones. Si no tiene éxito siempre puede sacar un bonito merchandising.
Ministerio de Defensa Nacional de Colombia | Desmovilización
Publicado por Tormento el 29 de Octubre de 2006
Hablan en la televisión colombiana de un ministro que, habiendo sobrevivido a un ataque cardiaco, se ha visto obligado a “rebajar el tinto”. Uno piensa: ¡Qué liberales estos colombianos que ven con buenos ojos los excesos alcohólicos de los próceres de la patria!
En mi estado de permanente loa de Colombia decidí hacer una anotación sobre la comprensión de este pueblo con sus políticos, pero lo he tenido que cambiar por el ya clásico sobre “español equívoco”. Allá va. Si venís por estas tierras recordad que el tinto es un café sólo, que una “aromática” es una infusión, y que si una bella mujer os pregunta “¿le provoca una colombiana?” os estará ofreciendo una gaseosa.
¿Desilusionados? Uniros a mí y a mi ministro cafetero.