Viendo Invictus, me dormí antes de que a Mandela le diera tiempo de vestirse de verde y oro ¡qué taurino! y me desperté allá por el final, cuando ganan una copa de no-se-qué.
En Sherlock Holmes, aparte de llegar tarde -algo que se me está pegando y me molesta más por molestar que por perderme el principio- me dormí en medio de una pelea en un astillero, luché por mantenerme despierta, alcanzando sólo a ver retazos de algo que parecía pasar en unas ¿alcantarillas? de Londres, y me desperecé a la altura de la lucha en el puente de igual nombre.
De la versión de Teniente corrupto protagonizada por el actor de las muñecas de Famosa (yo es que soy de la Bad Lieutenant de Ferrara con Harvey Keitel en bolas), creo que sólo llegué a ver las marcas de los implantes de Nick.
Así que, con semejante historial, entenderéis que incluso una carota como yo no tenga la poca vergüenza de ponerse a pontificar sobre si eran buenas o malas películas. Cabría decir que muy buenas no serían si casi me desnuco dando cabezadas en un par de ellas, pero es justo admitir que mi ausencia de “Ultramarinos Chiquiworld” se debe a que cuando no estoy subida a un andamio, estoy subida a un avión, así que duermo en el cine como los chinos en el autobús.
Aunque no siempre. Si hay una película de esas que, bajo una sencilla ejecución, te dejan la sensación de haber visto algo que no verás en tiempo es la excelente En tierra hostil, de Kathryn Bigelow. Llamadme feminista, si queréis, pero me apetece bastante que la mejor película de guerra que he visto en muchos decenios, sin prácticamente una tía en escena, la haya hecho una mujer. Nada que ver con esos tostones reivindicativos de directores veganos de San Francisco. Acción, tensión, mensaje y muy buen cine sin tener que dejar claro al espectador lo intelectual que es uno. La elección del prota, un yonqui de la guerra, impecable. Hay una escena de pelea, física y sexy, sólo para mujeres montaraces. Ummmm!
Shutter Island, mi última adquisición, me ha dejado turulata. He leído malas críticas pero como soy la Tormi de España desde aquí os digo: si os gustan las de Hitchcock, con su tensión, con su esto no es lo que parece, con su rollo onírico (que en la de Scorsese está espléndidamente conseguido) no os la perdáis. No os digo a que peli se parece, para que no vayáis prevenidos. Pero hay que verla dos veces.
Oyes, que curioso, en estas últimas no me dormí. Tendré que incorporar al índice popcorn el índice “Zzzz”.
Sé que con esta crítica voy a perder mi aura de crítica de cine gafapasta-malfollá, pero me debo a mi público pantojil con el que el que he hecho un voto de sinceridad.
Fuí a ver Avatar por obligación y con la peor de las expectativas: la promo es horrenda, como antiestéticos resultan los colorines fosforitos de los avatares de los carteles. De hecho los propios bichos no animan a quererles sino a asolarles. Sólo de verlos dan grima y ganas de correr en dirección contraria. Si últimamente hemos visto promos infinitamente mejores que las películas, en el caso de Avatar la suya está lejos de hacerle justicia.
La historia está sobada y carece de originalidad, con su parte de alegato sobre la devastación colonizadora, con su parte Matrix. Incluso tiene sus trampillas, sus puertas de atrás, que le permite a Cameron convertir al prota de la silla de ruedas en un lider indígena forever and ever.
A pesar de ello, y gracias en parte a Sigourney en un papel que mezcla su “Gorilas en la Niebla” con la Ripley de “Alien” en formato rompedor ¡fuma!, no puedo negar un hecho cierto: la peli me entretuvo desde el primer minuto hasta el último, y todo lo que era fosforito se convirtió en una interesante experiencia visual que ha conseguido lo que ninguna película de este tipo antes: que vaya a verla otra vez en 3D. Ya sólo viéndola en 2D te das perfecta cuenta de que es, y en eso coincido con la promo, la cinta que establecerá los cánones futuros del 3D. No es la primera, pero nunca las primeras peliculas con un cambio técnico han sido ni las mejores de su género ni las de mejor calidad técnica ¿es que El cantor de Jazz es un gran musical?
Avatar es un excelente entretenimiento que aplica la técnica para mantenerte dos horas y media sin moverte en el asiento. Un ejemplo del género de acción-ciencia ficción que, sin ser Blade Runner, es un digno sucesor de Terminator.
Hala, para que luego digáis que sólo me gustan dos películas. .
Resacón, tengoooooo… eso sí, de cavas seleccionados por manos expertas. Y es que la Nochebuena se desarrolló mejor de lo esperado, así que, de la alegría, me puse a darle a la frasca y así me encuentro, fané y con una contractura que me coge de la rabadilla al cuello mismamente.
Como asumo que la media de vosotros estaréis como yo -siempre que no hayais acabado la noche en rellerta, riña tumultuaria o con el clásico psicodrama familiar-folclórico-pañó-, seré breve.
Paranormal activity es un bluf con un actor principal pa matarlo. Imagino que es leyenda de agencia de comunicación eso de que Spielberg la vió de noche en su casa y le dió tanto miedito que pidió que se llevarán la cinta al día siguiente, para no contaminar su casa de presencias malignas. Si el director de Poltergeist hizo/dijo esa gilipuertez es que está senil.
Como hoy nace el Niño Jesús, anteayer me pusieron en la tele Ratatouille (¡pero que película más buena!) y me he comprado un bolso amarillo, el quincuagésimo, que-me-hacía-mucha-falta, estoy suave como un guante de cabritilla tirada al monte. No puedo ser mala.
Planet 51 es una monada, una pocholada, una cucada, una película en la que ser española es un detalle sin importancia. Que cumpla con todo el ritual de película de niño-adolescente que encuentra alien (aunque el alien sea el astronauta) no la desmerece, como no lo hace que el guión sea previsible: se han currado el diseño de las casas-ovni años cincuenta, está llena de pequeños guiños al género intergaláctico y, en general, te produce una ternurilla de andar por casa que “casi” sales dispuesta del cine a comprarte todo merchandising de la peli.
Muy pero que muy mono el robot, mezcla de Wall-e y R2D2, y, lo más, los perros locales: el monstruo de alien con correa y pis corrosivo. Nunca pensé que me reiría tanto viendo uno de los cabezones de Giger. Quiero uno ¡ya! que algunos ya se van mereciendo una buena meada clorhidrica.
Estaba tan harta de ver cutre-cine que me recomendé a mi misma esta comedia británica, de humor inteligente sobre como los súbditos de su graciosa majestad mandaron a Mister Bean a aprobar la invasión de Iraq en el Consejo de Seguridad de la ONU (eso era lo que la crítica sesuda decía).
Empecé mal porque llegué con cinco minutos de retraso, cosa que, los que me seguís desde vuestras pantallicas caseras, me pone como una hidra de siete cabezas cuando lo hacen otros.
A pesar de mi falta de etiqueta, respeté la regla no escrita de esperar en el pasillo sin molestar hasta que encontré un sitio que no tuviera a nadie detrás (otra cosa que me fastidia, pero mucho: el que llega a un cine semivacío y se te pone delante con su cabezón infrahumano o su cardado sobrehumano).
Me siento, dispuesta a comprender esta sátira política de altura, cuando noto una incomodidad indefinida a la altura del lomillo, que aparece y desaparece, y que me sigue allí donde me coloque. Harta pensé que se me había colocado un cafre atrás y que, a base de estirarse, me estaba poniendo el pinrel en las costillas, así que empecé el momento codazo, hasta que me di cuenta, para mi horror, que no era un cafre sino un cerdo: me andaba metiendo mano (una, la otra no quise mirar donde andaba) entre los huecos de los sillones.
Tan desprevenida me pilló, que en lugar de montar un pitote y darle con el bolso, me cambié de sitio. A la salida se creo un agradable cineforum de Paquis y jubilautas, y cuando conté el sucedido, una de ellas salió de la sala en busca de su marido, quien entró como un miura dispuesto a partirle el alma al cerdo en cuestión. De hecho, mis Paquis salvadoras, me dijeron que la próxima vez monte el número sin rubor alguno, que seguro que era más entretenido que el coñazo de película que acababan de ver.
Si os parece que me sobro, os sugiero que leáis la crítica que, de este bodrio sin fronteras que es Luna Nueva, hace mi alma gemela en el borderío, Álvaro Pedraz.
Resulta difícil describir el aburrimiento-vergüenza-ajenil que da esta película: una se pregunta si la han visto entrar en el cine y espera atenta al final de los títulos de crédito, no porque quiera tragárselos en plan intenso-gafa-pasta, sino para evitar encontrarse con alguien conocido. Es que ya no tengo edad de ver películas que ratifican que las adolescentes de ahora son tan ñoñas como mis compañeras de colegio de la época Cuéntame, aquellas que, carpeta con Los Pecos en ristre, mandaban mensajitos a los chicos de los Maristas …..”si mi boca fuera plumaaaaa, y mi corazón tinnnteero, con la sangre de mis veeenas escribiribiria te quieeeero”.
Pensaba que una generación que se tatúa hasta el colodrillo, que se perfora hasta el clítoris, estaría hablando de follamientos (o practicándolos) y se habría dejado de los rollos de “uy, uff, creo que le gusto al Jonathan. Me ha besado en la mejilla y me ha llevado los libros hasta casa. Creo que le besaré dentro de un par de años si sigue cargando con ellos”.
Lo dicho, un pestiño de colores no apta para personas con sentido del ridículo.
Antes de que se fusionaran contranatura varias teles y mientras me pegaba con la tuerca revenida del perchero Odda, escuché en las noticias de La Sexta (¡hay que ver con lo que éstos y los de Telecinco rellenan las noticias!) que 2012 era la peor película de la década, junto con otras elegidas no sabemos muy bien con qué criterio, aunque bien pudiera ser que la distribuidora o la productora le haya pisado el callo a alquien de la susodicha cadena.
En cuanto a la calificación, discrepo: 2012 no es la peor película de la década, porque ha sido una década de mierda. Sí, es aburrida como ella sóla y absurda como Escenas de Matrimonio, pero anda que no hay películas tan malas o más. Es verdad que, a cualquier persona no entrenada en los boinas verdes para soportar sentado varias horas sin moverse, se le hace una condena a galeras las escenas en las que el prota huye de un suelo menguante, que son prácticamente todas. Tampoco mejora en los homenajes a la Aventura del Poseidón, ni en el previsible happy ending, un Waterworld en plan Love Boat.
Sinde, déjalo, de verdad chata, que defender esto como creación es como elevar a un caganer a la categoría de arte. Si con esto y Avatar pretenden levantar la industria, que se vayan buscando la vida como reposteros.
PD.- Padres con niños, abstenerse. Se tirarán encima de la señora de delante poseídos por el aburrimiento y el exceso de azúcar del Happy Meal.
Después del EBE me quedé un tanto desinflá: mis fans me consideraban una destroyer de campeonato y me echaban broncas-cool por pasarme tanto. Hago la media aritmética del momento bronca, porque si incluyo a mi Dani Seseña, quien no me ha perdonao aún lo de Penélope, no salgo muy bien parada. Eso sí, confesión ante el Penitenciario de la Catedral de la Almudena mediante, Dani me sigue leyendo las borderías aunque sólo sea para echarme la bronca consiguiente.
Así que, con la excusa de una mudanza que deja corta la del último capítulo de los Alcántara, y cantando YMCA, con mi bolsa de destonilladores y llaves allen a la cadera, he dedicado los fines de semana y los restos de una vida más que meneada (y no precisamente por Galli) al montaje de muebles y a encontrar unas bragas limpias en las cajas desparramás por mi caótico… jardín japonés, porque una se muda, trabaja como una jornalera de la frontera mexicana, pero con estilo.
A lo que íbamos, si es que íbamos a alguna parte. Desde aquí os digo que no tengo la sensación de ser mala gente o de pasarme ni medio metro. Seré una integrista del blanco y negro, y me pondré en modo religioso y abuela cebolleta con los tiempos pasados y tal, pero ¿no creéis que ya está bien? Esta década que nos abandona sin haberme dejado disfrutar de ella (los años se aceleran como el cochecito de niño que cae por las escaleras del Acorazado Potemkin) pasará a la historia como aquélla en la que hemos tenido sobreabundancia de todo, un todo de imitación, de los chinos, sin vocación de permanencia. Ha sido una década cocaínica: nos hemos colocado rapidito sin pensar en el mañana.
Y el cine con el que nos han castigado, salvo honrosas excepciones, no mejora la media: hemos tenido mucho, muy caro y muy malo. Que no se extrañen los de la industria cultural si nadie quiere comprar un DVD para conservar esos bodrios y tira de ADSL para ver un screener castañoso. Servidora que se los chupa en el cine da fe de que no mejoran mucho en pantalla grande.
Una vez llorada, os confesaré que tiempo he tenido de ver los estrenos más sonados, que como un mal estudiante, no mejoran la media de la década. Y como ya está muy visto, incluso en esta humilde bitácora, el meterse con la Navidad (¿es que ha llegado? Las zanjas no me dejan ver las luces..) pues esta semana hablaremos de cine.
Ivory Press es el típico sitio que está pensado para desanimar al visitante. No hay escaparate ni nada que indique que haya dentro algo de interés más allá de una oficina. Dos puertas blancas, con cristales opacos te retan a ver si tienes huevos para entrar en el santuario arty- intelectualopijolondinense que ha montando una mujer a la que envidio desde lo más profundo por ser el paradigma de la improductiva de Serrano versión hiperculta: Elena Ochoa a.k.a. Lady Foster.
Si me molestan los estadounideses por las pintas que hasta el tío mas rico se calza los fines de semana, más me molesta la actitud de los memos a sueldo (dos en este caso) que ponen en estas galerías, multiespacio-book shop de lujo. Un par de mileuristas que te miran pensando que ni tú eres digno de entrar en la casa del Señor ni ellos están allí ni para ayudarte ni para venderte nada ¡Total, la dueña es millonaria!
El primero me trató como una pordiosera con vaso del McDonalds que le estuviera pidiendo algo pa’ vino mientras me contestaba a la pregunta de como se accede a la sala de exposiciones. Gracias desde aquí a la amabilísima chica que me trató como un ser humano y además me dedicó una sonrisa encantadora. El segundo me ignoró casi tanto como le ignoré yo a él. Lo que no pude ignorar fue el impacto que me causó la obra de Michal Rovner que había ido a ver ¡Por fin alguien hace algo diferente con el videoarte, algo cálido, caligráfico, arqueológico, inquietante y que no consista en una loca despelujada en pleno ataque bipolar.
Y ahora los mensajes finales, que ando muy mesiánica. Lady Foster, aunque te la bufe, perdiste un par de ventas, modestas para lo que tú te gastas, porque de buen grado me habría llevado un par de obras, y no de las baratitas.
Y a los demás, un consejo: nunca seas amable en un sitio de estos, que te tratarán como al servicio.
Ya os he dicho que estoy muy gruñi-gruñi (y si no que se lo pregunten a Rosa J.C. que me dice “¡Molaría hacerte una serie: tu primero bronqueas y luego solucionas, como House!”). Y también os he dicho que tengo el trigémino añoso. Como todo esto no puede acabar bien, necesito como el aire que me sorprendan, y cuando lo hacen (como en El Secreto de sus Ojos) ¡me siento como una peonía reventona!. Como estoy entrenada para las sorpresas para mal, porque soy de las que se ponen en lo peor by default, lo habitual es que me aburra como una Lady inglesa.
¿Qué podemos decir de Moon? Podemos decir queeeeee si has visto 2001, Alien, Blade Runner y Atmosfera Cero, es difícil que te tires a la calle, como han hecho unos cuantos, diciendo que es un peliculón. Se ve rápidamente el truco argumental que está infraexplotado y te deja frío. Ya comprendo que es difícil estar a la altura de Rutger Hauer (“I’ve seen things you people wouldn’t believe… Attack ships on fire off the shoulder of Orion… I watched sea beams glitte in the dark near the terhausen gate… All those moments will be lost in time like tears in the rain… Time to die.”) Muuuyyy difícil.
Moon es una película que te recuerda a la estética Lego con un ordenador central carente de la mala leche de HAL que parece sacado de los click de famovil. El drama está deshilvanado, no hay tensión narrativa y ya que el hijo de Bowie se ha gastado los cuartos en la escenografía, podría haber llenado de algo la película.
Os habla la voz de la senectud: no perdáis el tiempo con cine del montón habiendo tanto peliculón que ver. De nada.