No sé por qué me quejó si al final reincido: por culpa de las prisas me he metido en un odiado cine de centro comercial.
A la izquierda me ha tocado un cretino en familia que se ha pasado toda la proyección mirándome de soslayo mientras hacía ruido con el plástico de la pajita. A la derecha se me ha sentado un treintañero de esos que no han salido ni saldrán de casa de sus padres, ignoran lo que es un colutorio y tienen un amigo que liga tan poco como él (por razones obvias). Cada vez que bostezaba me llegaba una vahada nauseabunda de su muela del juicio carcomida que… ¡Puag!
Todo esto gracias a una taquillera tontalculo que nos ha sentado espachurrados a los 20 que éramos en la misma fila, mientras el resto del cine estaba vacío. Habría saltado como en el Rocio a la fila de delante si no hubiese llevado 200 bolsas de comida (motivo por el que me encontraba en el odiado centro comercial).
A lo que íbamos: Terminator Salvation cuenta con los títulos de crédito más feos de los últimos tiempos, y con uno de los mayores macizos de la próxima década, Sam Worthington, ex obrero de la construcción australiano y Marcus en la ficción, el terminator con corazón. Ojito con este mozo que, si no nos lo desgracian, va a dar mucho que hablar. Y no por su capacidad de declinar fuck como el siempre intenso e insultónChristian Bale, sino porque tiene una mirada como para ponerle un piso.
Sam se come con patatas a Bale y resulta lo único reseñable de una película de cacharritos. Así que, en contra de lo previsto, chicos no vayáis; chicas, no os la perdáis.
Vengo de una chorrada asamblearia de la que es mi alma mater, la Complu, tan vieja y cutre como la dejé ya hace una pila de años, en perfecto estado para ser el plató vivo del Cuéntame. Siempre que miro a mi pasado como estudiante, echo de menos mis años de colegio en donde se esperaba de nosotras (éramos sólo chicas de falda tableada) no sólo que fuéramos seres útiles para la sociedad, sino personas con sentido crítico, y, a poder ser, sentido del humor. Creo que en lo de la utilidad social conmigo pincharon en hueso.
Me pongo melancólica (vaya semanita que os estoy dando) y me viene a la cabeza todo el tiempo que he tirado por la borda memomorizando las Catilinarias, mientras que en Francia o Reino Unido saben que la discusión no es liarse a hostias, sino debatir y razonar. ¡Igualito que aquí que en cuanto le llevas la contraria a alguien te suelta una galleta que te viste de torero!
Entre les murs es una película que engancha con nada y que sorprende a pesar de lo previsible. Incluso en una clase de instituto de banlieueteóricamente conflictiva se respira más ilustración que en cualquier instituto español. Este tema lo cogen de nuevo los americanos y nos hacen “Sister Act 5, el retorno de la toca”. Pero Cantet, con esa manía tan francesa de intelectualizarlo todo, en lugar de un tostón (a lo que los franceses son, por otro lado, muy dados) hace una pequeña maravilla que te enamora sin saber muy bien por qué.
Tengo que hacer una advertencia un tanto pedorra: esta película no debe de tener ni la mitad de encanto doblada y aquellos de vosotros que habléis bien francés (y no dependáis de los subtítulos) la podréis saborear mejor. A servidora no le hicieron falta (los subtítulos, me refiero) que de pequeña me llamaban Le Petit Larousse (y cosas peores que no me da la gana de repetir). Y así me iba en el colegio, que no me “ajuntaba” nadie.
Estos calores prematuros me pillan sin el rollo de esparadrapo veraniego (color “canne“) con el que me voy vendando las rozaduras de los zapatos hasta la altura de la canilla. Consecuencia: vengo cojeando y dando saltitos como Chiquito de la Calzada hasta la redacción, con resultado de cadera desencajada y pies de troll.
En estas condiciones, en que te vuelves sueco y te descalzas donde te pille, el jefe me viene con que no hay manera conmigo, que mucho prometer una semana de críticas de cine pero que no hay ninguna preparada, y que, al final, las acabo haciendo de mala manera, deprisa y corriendo, y contando tontadas de mi infancia y tal.
Me dan ganas de ponerle los pies que parecen un ecce homo en lo alto del teclado y explicarle que con dolor de pies no hay manera de concentrarse. Pero no lo hago porque yo, como la Pantoja, soy una profesional.
Good tendría que haber sido una estupenda película … tendría. La idea de un intelectual -pusilánime como casi todos los intelectuales- convertido en oficial honorario de las SS e ideólogo de la eugenesia practicada por el régimen nazi - que ya aparecía sutilmente referida en la magnífica Amen- tiene potencia suficiente como para, con poco esfuerzo, aguantar un metraje de hora y media. En su lugar Vicente Amorim, el director, se pierde en los detalles y deja de construir el personaje y su circunstancia. Por no hablar sobre su uso del espacio tiempo. Habría que pedir un carné para usar el flash back y enseñar a la gente a poner marcas temporales para que los sufridos espectadores sepan donde están.
Os dejo que me voy a meter los pies debajo del grifo del lavabo.
Todos los críticos de cine serios cuentan cómo se hicieron de la causa a base de sesiones dobles y bolsas de pipas. Una, que está en una posición de edad, llamémosle, intermedia, es de la generación del cine clásico en la tele a base de pan con Nocilla. Pero no sólo había buen cine, funerales de estado y música sacra. Había series espectaculares y mi favorita era Espacio 1999, una frikada vista desde ahora pero que en los años 70 era de un futurismo espectacular.
Cuando más enganchada estaba, los directivos del Ente decidieron quitarla. Tal fue mi indignación que tomé papel y pluma (mi abuelo era muy suyo y me obligaba) y me escribí una furibunda carta de protesta por tan irresponsable decisión, pidiendo no sólo una disculpa sino su reposición inmediata en la parrilla. Mi abuelo me pagó el sello y me senté a esperar.
Al cabo de dos semanas recibí una carta de RTVE ¡Qué emoción! La abrí y, para mi estupor, dentro había una foto autografiada de Torrebruno vestido de Sherlock Holmes como toda respuesta a mi queja. Aún me dura no sólo el cabreo si no el absoluto convencimiento de que las quejas, en este país de chichinabo, no valen para nada.
Larga introducción, sin duda, para deciros que
a) A mí de Stark Trek sólo me gustaba (y me sigue gustando) el teletransporte. Siempre pensé que al capitán Kirk le tiraba de sisa la taleguilla.
b) No me acuerdo un cuerno de los detalles de la serie, que me habrían venido muy bien para que le pillara mejor el punto a la película.
y c) ¡Me dormí durante la proyección! No una sino ¡tres veces! ¡Qué follón de Spocks, qué lío de espacio tiempo, y cuánta curvatura pa’arriba, curvatura pa bajo!.
Así que si os digo que este Stark Trek ni fu ni fa, pues me vais a perder el poco respeto que me tenéis y me vais a mandar a la escuela de críticos a donde Almodóvar ha mandado a Boyero.
Aunque, digo yo, si no me medico ni me meto nada, o iba sobrada de jet lag o muy buena la película no sería ¿a que no?
Iba a empezar el post de hoy hablando de las bondades del vuelo de Air France en el que vine desde Pekín y en donde, aparte de tratarme como Madame Sarkozy, tuve a mi disposición un entretenimiento a bordo de lujo asiático. Mientras que KLM tiene unos aviones del pleistoceno, un servicio de a bordo tirando a triste y una comida penosa, Air France tiene aviones nuevos, espacio para las piernas y champagne, de garrafón pero champagne al fin y al cabo.
Iba a hacerlo pero se me ha helado la sangre al ver la noticia del vuelo de esta compañía que venía de Río de Janeiro y que ha desaparecido de pronto de los radares sin dejar rastro. Para los “viajeros frecuentes” que tantos brincos hemos dado en el aire, ver que no funciona la regla de que los aviones, una vez despegados, no se caen sino que hay que tirarlos, nos deja tiritando. ¡Cuánto se queja uno en un viaje largo y cuántas veces te olvidas de que lo importante es llegar! No me quiero ni imaginar esos últimos segundos ¡Espantoso!
Así que desde esta perspectiva terrible, este tostoncillo de historia de amor para Paquis solteronas no pasa de ser un par horas aburridas. Dustin Hoffman sigue siendo Tootsie aunque sin el pelucón y la blusa de lazada (¿se le ha quedado un tic de pájaro carpintero o me lo parece a mi?); y a la siempre sólida Emma Thompson le ha caído un personaje de mierda, en la línea de machismo light que tanto reponemos. Parece bastante triste que una mujer con el físico de Thompson vea al enano Hoffman como su “last chance”. Personalmente, no le veo el romanticismo por ninguna parte.
Consejo: Nunca es tarde para salir huyendo de esta peli.
Tras años de contar subjetividades y chorreces en este bloguezuelo, me alegra que la estupenda defensora del lector de El País, al fin y sin quererlo haya encontrado mi sitio en el mundo.
Parece que, como Boyero, estoy en el sector de la “crítica de sensibilidad”. O lo que es lo mismo: que decimos lo que nos sale de lo alto de la peineta mismamente.
Boyero y una servidora, al parecer también, creamos un personaje, aunque a él le manden con los gastos pagados a torcer el morro a Cannes y a mi me vistan de japonesa y me toque hacer el café los lunes, miércoles y viernes. Y, lo que es definitiva demostración de la distancia que nos separa -a pesar de compartir la sensibilidad crítica-: que a él le cascaAlmodóvar por darle caña con el tostonazo de Los Abrazos Rotos. Esto, como comprenderéis, ya es definitivo.
Así que, como el jefe está en plan sabático, esta semana os vais a tragar las críticas de las pelis que he sufrido en silencio y que, aunque revenidas, aún están en cartelera. ¡A sufrir como los grandes!
Resignaos ¡he vuelto! Tras un par de semanitas de disfrutar con gente seria en este blogosférico rinconcillo, se os ha acabado el chollo. Como os decía, he vuelto: de la China, de donde vienen las naranjas, las copias y los viruses; de mis líos personales (que no os pienso contar ¡so cotillas!); y a las salas de cine, a pesar de que no lo subvencionan como comprarse un coche.
Podría haber ido a ver algo más sesudo como Noche en el Museo 2, pero como la púrpura me tira, y aunque no era estreno, acabe en “engels an dimons“, que yo ahora lo pronuncio todo en inglé.
Como dato introductorio os diré que, en esta línea intelectual que me caracteriza, volví a la lectura en la lengua de Dickens con el Código Da Vinci y la continúe con la mencionada Ángeles y demonios. Lo hice por dos motivos: la traducción era más cara y, estándo las dos tan mal escritas, da menos vergüenza en inglés que en español.
En mi descargo he de decir que llevaba yo un par de semanas tan malitas que cualquier mierda que me hubieran puesto delante me habría emocionado tanto como a un concursante de Supervivientes que le invitaran a comer en un Wendy’s. Hay un momento en la vida que aprecias lo que tienes aunque sea a Tom Hanks con la línea de los implantes capilares en “presenten armas”. En su descargo diré que en esta película está lejos de estar tan ridículo y tan mal peinado como en el Código.
PD. Al de Muchachada Nui que subió conmigo en el ascensor del ACTEÓN, una cosa te tengo que decir: chato, si alguien entra en el ascensor cargada con las palomitas, la entrada, el bolso y apagando el móvil con los piños, no es que haya caído rendida a tus pies y te vaya a pedir una camiseta autografiada. No te gires, pues, en plan Pantoja huyendo de tu público ¡so botijo! tal vez necesite que le marques el botón del piso al que va. ¡Si es que ya no queda educación …!
Anda el jefe con el corazón partío, como el Julián de la Verbena de la Paloma, ése que, además de tener madre (¡Julián, tiés madre!) era un honrado cajista. Pues él, que está hecho de papel y tinta, anda enganchao en esto de la blogoplaxta y nos tiene a toda la redacción (lo que viene siendo una esquina del cuarto de estar, gire a la derecha de la mesa camilla y deje atrás el perro de porcelana de tamaño natural) estresaos con que se va a China y no tiene con que rellenar.
Esa tensión es el corazón de La sombra del poder, peli con redacción al fondo, de las que me molan tanto como las que tienen sala de juicio incorporada. Russell Crowe, hecho una “gocha”, como dicen en el pueblo del padre de esta servidora, representa el periodista analógico, que conoce a sus fuentes y las cuida, que cree que las noticias están en el mundo real, que internet no es autocomprensiva. Sin embargo, conocer al objeto de tu noticia ¿no hace que corras el riesgo de la parcialidad, que tengas la tendencia a decidir que lo que le perjudica no es relevante?
La chica (cuyo nombre no me he molestado en memorizar) es la blogger del Capitolio del períodico, una hiperactiva que no pisa la calle y que no dedica mucho tiempo a la profundidad. Todo va deprisa, el escándalo vende más que la noticia de largo recorrido y si no pones tú el rumor ya lo hará otro. ¿Para qué ir a perseguir la noticia si todo lo que necesito esté en la pantalla de mi Mac? Pero si uno tiene sangre de periodista tanto da donde publique, aunque, el papel, con su erótica de lo escaso, da lo que la abundancia de lo electrónico aún no proporciona.
Mientras, Crowe se queja a Helen Mirren, directora del periódico de pega, de que su ordenador tiene 15 años y que la blogger podría lanzar un misil con la tecnología que el periódico pone a su disposición. Ésta le contesta: no te quejes, es barata, no se queja y escribe un artículo detras del otro, no como tú. No sé porque me da que esto se dice mucho últimamente en las redacciones más selectas.
Y de fondo Halliburton (no se llama así, pero es Halliburton) privatizando la guerra y tomando EE. UU. desde dentro.
Escala popcorn: 7′5
Consejo de la tía Tormi: quedaos a los títulos de créditos finales si nunca habéis pisado una rotativa. Es igualica a la de El País.
Queja de la tía Tormi: No vuelvo a un cine de centro comercial por mucho que se estiren las piernas hasta la altura del sobaco. La gente entra pertrechada del Carreful con todo lo que cruje, huele y pringa, y claro, se cree que el cine es su salón comedor y comenta a todo volumen. Así no se puede, oiga.
Si, esto es un suponer, hubiera caído en mis manos como quien no quiere la cosa Wolverine, diría, ya digo si la hubiera visto, que tendría su guasa ver aviones informes grises sobre masas metálicas, islas a medio hacer, dummies digitales que brincan atropellados por trailers cargados de troncos de árboles, pistolas inexistentes, luchas al borde del croma, actores haciendo equilibrios en cajas que simulan los bordes de una chimenea digital que parece una obra del pozero o cables y arneses que aparecen, desaparecen y se desenganchan para permitir a los actores hacer cabriolas hong-kongnesas.
Tan distraída habría estado viendo tanto cable suelto que casi ni me habría fijado en esa que es la obsesión que me mantiene noches enteras desvelada, esos pectorales de mi Hugh, esos que la criatura no pierde oportunidad de enseñar, esos que, doy fe, no son digitales.
¿Qué opinaría de la película si la hubiera visto? Pues lo mismo que de un blazerhilvanao, con las mangas sin pegar, viéndosele la entretelilla: que habría que verlo acabado. Aunque cuando la tela es mala y el corte pobretoncete, el tergalillo no mejora mucho aunque esté terminado.
Todo esto, señores de la MPAA, si la hubiera visto, claro.
Y luego querrán que vayamos al cine, ¡si es que las salas ya no pagan ni la luz! Se cortó la proyección a la mitad de Los abrazos rotos, de La Lista y ahora de Señales del futuro. ¿Será una señal de que nos vamos a quedar sin energía y todas las bibliotecas que hemos tirado por culpa de Google las vamos a tener que recuperar de los contenedores de papel por falta de electricidad para encender el “Pasokon”- uséase, personal computer en japo?
Menos mal que, según esta película que empieza prometedora y acaba de risa, la humanidad se extingue por culpa de lo que viene siendo un erupto solar.
Alguien debería de decirle a Nic, aparte de reiterarle el tema de su calva de Nancy, que si ve un guión en el que al final, sin venir a cuento, aparecen los extraterrestres, huya en dirección contraria. Entre las apariciones bizarras de la Virgen y estos giros argumentales cuando los guionistas no saben como salir del jardín en el que se han metido sin la ayuda de nadie, vamos a acabar todos cazando gamusinos.