- ¡Mamá, me bajo!, gritabas, mientras en una mano agarrabas el bocadillo de Nocilla y en la otra tirabas del pomo de la puerta de entrada para cerrarla.
Bajabas las escaleras a toda prisa, y si eras el primero en llegar a la calle, aporreabas los telefonillos de los compañeros de andanzas al grito de “¿Bajas?”
Una vez reunidos todos, en la calle, la mayor preocupación era saber a qué ibamos a dedicar la tarde: ¿al “churro, media-manga o manga entera“, a las chapas o el gua? Los prepúberes también optaban por la posibilidad del “verdad o consecuencia“. Se jugaba a lo que decidía la cooperativa y durante esos breves momentos eras el dueño de tu propia infancia. Los cromos, las canicas eran tus bienes más preciados y el palulú nos destrozaba la tela de los pantalones
Descanso a media tarde para beber el correspondiente vaso de agua en casa de alguno de los presentes y a seguir. Luego, llegada la hora de volver a casa, el móvil ni existía ni teníamos y era reemplazado por el grito por la ventana: ¡A casa! A lo que se respondía: ¡Voy! y tras cinco minutos de escaqueo se iniciaba la vuelta al control parental.
Eso hace tiempo que dejo de existir, por lo menos en nucleos urbanos. Ahora, las urbanizaciones (esas que tiene piscina y pista de padel) están cerradas, vigiladas y el asfalto se apodera de todo. La arena brilla por su ausencia y el fútbol ratero y callejero está prohibido (en el colegio si acaso). Los niños no se relacionan entre sí y sólo si vives en el mismo bloque tienes opciones de juntarte con alguien afín en edad y gustos.
Vigilados, eso sí…





