Como bien pronosticó nuestro crítico anónimo in itinere, a la peli “El caballo de dos piernas” le dieron el premio especial del jurado en el festival de San Sebastián.
No es que me extrañe, el número de gafapastas intensos en esos saraos unido a la retroalimentación de idioteces que se producen en estos caldos de cultivo intelectualoides, lleva a tomar estas decisiones basadas en el famoso principio de “si no entiendo un pijo, es lenta, me aburro y lo dirige un director/a de culto -vaya usted a saber cómo y por qué ha llegado a tener esa consideración- es una obra maestra”.
¡Cuánto daño ha hecho Cahiers du Cinema y esa generación de críticos sufrientes! ¡Cuánto intelectual de izquierdas trasnochado ha follado gratis poniéndose misterioso e inaccesible a base de loar obras tan malas como ésta! Un poco más de sentido del humor, pero no de Chiquito de la Calzada (que también) sino del wit inglés no les vendría mal.
En mi reciente viaje a Londres (esto va por el descreido de Santi-Chan) estuve en el reestreno de la obra del nobel Harold Pinter, “No man’s land“. Obra durita (y más con cuatro acentos diferentes) y amarga en la que te ries de lo lindo con el ingenio absoluto de sus diálogos. Esto demuestra que lo bueno no puede ir nunca desalojado de lo inteligentemente ingenioso, y que de intelectualoides venidos a más, que esconden su mediocridad y explotan la nuestra a base de tiburones en formol o lentorrez afgana, habría que mandarlos a galeras.
Mientras espero tener un momento en Chipre (sí, el Tormento’s World Tour continúa la semana que viene en esta isla) para echarme a la cara la tan comercial y alagada Tropic Thunder, cumplo con la misioncilla que tenía pendiente con Los Limoneros, que se presentó en la Sección Zabaltegui de San Sebastián y cuyo estreno este viernes ha tenido agarrotá perdía a esta crítica inconveniente desde hace más de tres semanas.
A que engañarnos, Los Limoneros es una película pequeña, con una gran actriz al frente, Hiam Abbass, que es quien transmite solidez y dignidad a la película, por momentos llena de humor surrealista: ese guardían israelí que oye cintas para pasar vaya-usted-a-saber qué examen con indicaciones como las del título de esta entrada; ese tarugo de marido muerto que escruta el más acá desde una foto colgada en el saloncito de la casa de la protagonista; esa delegación nórdica de apoyo al limonar y su dueña, con la bandera española al fondo.
A pesar de estos momentos, que por supuesto no justifican una película, la película defiende dignamente una historia basada en muchos estereotipos clásicos, lineal y con moraleja, como hay que hacer las películas de toda la vida si no eres Bergman. La película habla de solidaridad entre mujeres de distinta religión y procedencia; de la victoria agridulce de David sobre Goliat, representados aquí por el Ministro de Defensa isralí que pretende cargarse el limonar centenario de una viuda palestina, Salma, sólo porque ha colocado su nuevo chalete (bastante de piojo puesto en limpio, por cierto) colindante con ese vergonzoso muro con el que pretenden arrinconar a los palestinos; de amores imposible entre mujer madura y jovenzuelo; y de orgullo gandhiano ante una vida de las de no tirar cohetes.
Si no sales amando al estado de Israel, es cierto que al menos tiene tribunales. Bastante peores aparecen esos hombres palestinos que van a advertirle a Salma que ojito con faltar la memoria de su marido, el unicejo. Uno acaba temiendo que sean éstos y no los israelies con sus órdenes por escrito los que le prendan fuego al limonar.
Un mundo en el que todos pierden, aunque unos más que otros.





