Publicado por Tormento el 2 de Julio de 2008

ParísComo la hormiguita trabajadora y tonta’l'culo que soy, encaminé mis piececines a los cines Pathé el viernes pasado. Era París y era yo cargada con el portátil tras reunirme en un edificio sinsorgo al lado del Stade de France. Como para mi desgracia no había sitio en Eldorado tuve que apañarme con un hotel conveniente al lado de la Gare du Nord. Que sepáis que no es la mejor zona de París pero gracias a que Jamal me encontró trés charmante, me pasó al hotel de al lado donde la habitación costaba 300 euros, la tele era de plasma y la cama de lujo. Tanta amabilidad a mi edad me mosqueó, pero me tranquilicé al ver que Jamal ni se acordaba de mí al día siguiente.

Pues como os decía pensé en darme un paseín de camino al cine por esos bulevares llenos de tiendas para bodas árabes en donde si revuelves encuentras un top lentejuelil para los vaqueros, que, oye, por 5 euros te apaña; o por ese Tati tan hortera como siempre pero con precios que ya no son tan baratos porque el chino de la esquina vende de todo; o esa gente enjoyada y encorbatada para ver un espectáculo hortera a las 6 y media de la tarde en el hortera Moulin Rouge; o esos chaperillos de bulevar mirados de reojo por un francés estirado con ganitas de probar. En fin, todo muy colorido pero tirando a feíto y con olor a meaos.

Llego y veo como gran estreno “Au but de la nuit” (Dueños de la calle) y pienso, ésta me suena, pero ¿de qué me suena? y compró una entrada. Las opciones eran “Las crónicas de Narnia” que me pilla poco iniciada y otras que ya han pasado por mi cortadora de troncos. Me pegan un tortazo de 9′50 por la entrada y me voy a comprar libros hasta que llega la hora. Veo la peli y pienso “que bonita voz la de Keanu y que bizco es Whitaker” además de vaaaayyaaa mierdaaa que me he visto.

En fin, llamo a la redacción de Chiquiworld moviendo la colita para demostrar que tengo alma de delegada de clase de colegio de monjas y que siempre cumplo con mis obligaciones. Alli me informan de que mi superestreno parisino la estenaron en Madrid hace dos meses, que ya no la ponen ni en el cine de verano y que en EEUU salió directamente en DVD. Qué maltrato, me voy a poner hasta el efecto capitoné de sushi.

Como no me recupero de la depresión ni del sablazo, me recompenso más al día siguiente con un recorrido alternativo (si es que eso es posible) por Montmartre, lleno de turistas, lleno de restaurantes petaos en los que no pondría un pie y de pesaos dibujantes de carboncillo revenido.

Hacía mil años que no venía por aquí y comprendí al instante porqué no venía por aquí. Muy llamativas las monjas benedictinas del Sacre Coeur con sus cánticos y sus voces angelicales mientras hordas de señorines en chanclas daban vueltras alrededor del altar y de la zona acotada para el rezo. Encantador, a pesar de su falta de trascendencia artística, el Museo de Montmartre. Entras en una villa silenciosa y te cuentan la apasionante historia de la zona, de donde vienen los molinos y la temprana capacidad de los franceses de crear ambientes distintos de cualquier cosa, de la Comuna y de la curiosa razón de la construcción de esa basílica un tanto pasteloide.

Y te introducen en la técnica de preparar la absenta y en las cosecuencias de un vicio tan deleznable. A la vista de estos antecedentes, no me quedó mas remedio que agenciarme una copa y una cuchara de absenta, con la botella respectiva que tuvo que ser “airport-control-tocapelotings-proof” osea, enana.

Suena en el jardín canciones de Yves Montand porque el periódico del barrio celebra su fiesta en los jardines del museo. Sale la parisina que hay en mi mientras me largo sorteando gente a coger el tren a la estación. ¡Que detalle! ¡Se han puesto en huelga los muy cabrones! Y yo con estos pelos, sin taxis y con la tarjeta de embarque en los piños. Pillo un tren patera, el último que sale al aeropuerto.

Después de eso, gracias a los dioses, tan sólo tardamos en embarcar varios decenios porque se jorobó el sistema de embarque y llegamos con bien, a pesar de que los fusibles del avión cascaron en la maniobra de descenso. Eso sí, si nos hubiéramos matado la compañía aerea habría perdido a media plantilla de pilotos que nos acompañaban como pasajeros.

Lo importante es que la absenta está conmigo esperando a que termine este post para que la pegue un meneo montmartrois. Se siente, pero no hay pa’ compartir.


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1 comentario a “Ausente absenta” Añade uno

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