Tras una mañana de montaje, y no precisamente de colegio electoral, estoy hecha una abuela cebolleta haciendo cooconing de nuevo rodeada de períodicos sin leer de toda la semana, incluso del trienio liberal.
En este desmandigole que me encuentro me he enganchao a Jesús Calleja y su Desafio extremo, esta vez en Zanskar, que es como el quinto coño pero en tibetano, con un frío que pela y con té con mantequilla de Yak lo que es una penitencia añadida (y lo digo por experiencia).
Comprendo que resulta una contradicciónn metafísica que me atreva a ver a esta gente cargando como mulas, pasando frío y a punto del escoñe mientras estoy hecha una bola sebosa tirada con el mando a distancia todo lo corta que soy. Pero es que Calleja es todo un descubrimiento. Con un puntito de naturalidad Pocholo y un inglés de gomaespuminglis hace de la aventura, del viaje, lo que es en realidad: un tupe enorme sin supermanes, lleno de problemas e imprevistos, a veces graves, con la cutrez propia de la vida de un montón de tíos durmiendo en donde pillan molidos y olorosos.
Se agradece tanta naturalidad entre tanto documental de “potochó” en el que hasta a los leones les inyectan Botox.
Desde aquí un sentido homenaje a los programadores de las demás cadenas que, con su gusto deplorable, han conseguido que me vea un documental. De la desesperación pueden nacer momentos gozosos. Incluso sin irse al quinto coño.




