Publicado por Tormento el 6 de Noviembre de 2007

Metro ParisLo bueno de tener que ir a trabajar fuera es que te obligan a viajar. Ya sé que todo el mundo anda despiporrado pillando los puentes para salir huyendo de una realidad que, a su pesar, les acompaña donde van. Pero a mi cada vez me da más pereza viajar.

Mientras los amiguetes se iban al eFindex a pontificar un ratito, yo hacía la maletita intentando encontrar una excusa para perder el avión ¡Y anda que no hay! Pero me salió la prusiana que llevo dentro (tras llamada a mi padrino de “escaqueadores anónimos”) y me fui a desnudarme al control de la T1.

No se si alguna vez os he contado que antes de ser japonesa fui francesa (y algo vienesa, y un tanto berlinesa) con lo que fue pisar la Terminal 3 de Charles De Gaulle, que es como aterrizar en Socuéllamos, y ya me cambió el carácter.

Más por no tener la agarrada que por la pasta evito a los taxistas de aeropuerto, y como la Gare du Nord me da repeluco, me monté en el RoissyBus que te deja en la Opera rodeada de tienduquis. Esa combinación unida al gentío propio de un sábado por la tarde me decidió: aunque empuje las rueditas de la maleta yo me quedo por aquí dando vueltas. Cayeron los tés de rigor de Mariage Frères y alguna que otra chuminada. Ataqué varias librerías, con la excusa de que luego no lo encuentro en Madrid, dandole vaivenes a la gente con la maletita. Para esos casos el “desolée” es estupendo.

Andandini me planté en Eldorado, hotel que hace honor a las dos palabras de moda: cheap and chic (barato y elegante). La noche cuesta entre 33 y 57 euros y las habitaciones están decoradas con mucho gusto a base de atacar los brocantes (figura inexistente en España). Eso sí: ni tele, ni ascensor y, la primera noche, ni cuarto de baño. Os escribo ahora desde el 4 piso, en una habitación daliniana levemente en desnivel, esta sí con su cuarto de baño, que las hordas del puente han dejado libre.

En fin que sudorosa y sin ducha me tiré a la calle a buscar un sitio para cenar y un cine. Estoy en una zona curiosa: a un lado Pigalle, barrio popular donde los haya, y al otro Batignolle, zona de bobos (o sea, los modernos bohemios y bobos). Como no tenía conexión (el de la recepción mono pero nuevo) me tiré a ver los horarios de los cines. Dura elección: o me voy al Pathé de doscientas salas palomiteras o al muy intenso Cinema des Cineastes que, además de costar dos euros más, ponían una japonesa premiada en Cannes. Uf… A la vista del panorama me fui a cenar. Por supuesto a un japo: Naoko (11 rue Biot). Se come de lujo y a un precio razonable. Para acertar, pedid las especialidades y pasad de la carta. Tanto sushi moriwase ya cansa.

Y hoy tras dormir como un troncazo (¡lo que hace no tener tele!) cambia de habitación, desayuna y, lo peor, decide que hacer con tu vida en un Paris. Tras muchas dudas a golpe de croissan, a por lo seguro: el Louvre.

Pero como no se me puede dejar salir de casa, en la Avenue de Clichy entré en una tienda de ropa de segunda mano (no donéis más ropa que acaba en estas tiendas) en donde, tras mucho revolver y quitarme un baboso de encima, encontré unas botas de Prada de estilo motero por cinco euros. Así que a cargar con ellas tol día. “¿Me da El País con tilde?” le digo al quiosquero que aprovecha para preguntarse si 10 años desde el divorcio son suficientes y si ha de rehacer su vida. Salgo huyendo hacia el metro.

Me despisto y acabo saliendo en la estación de Bourse donde, con cara de alelada intento saber para donde quedará el río. Se me acerca una señora en decadencia pronunciada, que se me ofrece para orientarme. Cuando le doy la oportunidad me señala un guardia. Recuperada del pestazo del alcohol, y tras meterme entre pecho y espalda una exposición de dibujos de Giacometti que pasaba por allí, me planto en la Pirámide del Louvre junto con una marea humana sólo comparable con la de la Meca dando vueltas alrededor de la Kaaba.

Horror horroroso. Al Café Marly. Ya me jode que siempre acabo aquí, que casi lo inauguré hace chorrocientos años. De tanto ir un día acabé comiendo al lado de Catherine Deneuve: iba con un amigo gay y mitómano que casi se mea encima de la emoción. Bueno, vale, de acuerdo, ya que estoy como. Me giro y ahí estaba, Jean Paul Gautier, bastante ceporro y fondón para que decir otra cosa, y más concentrado en su postre que en su acompañante.

Cuando flojeó la cosa me encaminé al Museo que se ha convertido en un perfecto carreful. Por ser primero de mes, gratis. Y venga de gente, y venga de niños llorando y mayores dando voces, y venga de turistas fotografiando las piezas para verlas otro día. Había hostialidades para ver la Gioconda (como siempre) y unas 150 personas se empujaban para fotografiar la Victoria de Samotracia. Me refugio en un par de temporales y en el sótano, donde están los muros del Louvre medieval. Hasta allí llegan los seguidores del Código Da Vinci, con el kit completo (audioguía, librito, y gadgets varios) debidamente adquirido en las tiendas que el museo ha montado al efecto. ¡Una alegría! No había visto la reforma, pero con la excusa de ampliar las entradas han montado un bonito centro comercial.

Tras contribuir al capitalismo con un par de compras chorras, tiro para el metro y hago algo que jamás antes había hecho en los años de mi vida: entro sin pagar. Y tengo excusa: la entrada de la estación del Museo que han decorado como una carroza del día del orgullo no tiene donde comprar el billete. Me dolían los pies, había una puerta abierta y me esperaba una crónica con conexión por red eléctrica. Yo también soy humana.


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