Publicado por Tormento el 1 de Enero de 2007

KonzerthausMientras veo a esos señores tan serios dando palmas con la Marcha Radetzky en el concierto de año nuevo, me acuerdo de uno de los momentos más raros que he vivido en un viaje.

Viena es una ciudad de espías (Chiqui dixit) y yo añadiría que de carcas musicales. Es ese tipo de ciudades que te gustan mucho y poco al mismo tiempo. Combina a Sissí Emperatriz con la Secesión vienesa y un catolicismo antiguo con el nacimiento del psicoanálisis

A pesar de esto, le tengo un cierto cariño a Viena por exclusión: en mi infancia o veías los saltos de esquí o te enchufabas al concierto desde la Musikverein. Por eso en uno de mis viajes, me ofrecí para comprar por internet unas entraditas para un concierto en su salón dorado. En un acto de falta de resignación que casi me cuesta luego una inmersión en agua helada, decidí comprar las entradas en alemán. Este es un idioma que se me resiste: lo de las declinaciones, los verbos partibles y las palabras que se pegan hasta hacer un churro impronunciable.

“A un concierto de Mozart”, contesté orgullosa cuando me preguntaron que íbamos a ver. Pero al llegar allí nos encontramos con una especie de mesa petitoria en la que un señor salido del Tirol repartía sobres con entradas. Con mi alemán de pena y su inglés inexistente, conseguí que bajara de su despacho el Director a darme las entradas: para él, era un espectáculo que unos españoles hubieran comprado unas entradas en Internet para acudir a un encuentro de coros y danzas austriacos con un olor a naftalina de los de órdago a la grande. 

Confieso que no sé muy bien que era aquello, pero no hacía más que llegar gente vestida de austriacos antiguos y Mama Louises con sus cofias almidonadas, todos ellos con cestitas de merienda y ramos de flores. Ya que me pongo a confesar, tampoco era el Musikverein sino el Konzerthaus. Espero que los que vinieron conmigo no lean esto; siguen tan contentos pensando que visitaron la sede del Concierto de año nuevo.

Ya os imaginaréis nuestra pinta en medio de semejante sarao. Hasta había una japonesa con su kimono y todo. A la sala le habían quitado las butacas de platea y en los palcos fueron tomando asiento gentes sacadas de “Sonrisas y lágrimas” con sus botellas de champán y sus delicatessen. Para intentar no dar más el cante, nos subimos arriba desde donde observamos con estupor como entraban en formación con sus estandartes al frente un montón de gente sacada del siglo XIX (o de algunas aterradoras épocas del XX) que, tras una arenga y una polonesa, rompieron a bailar valses. ¡”Qué ilusión, valses, ¿quien me saca a bailar?!”, dije. ”¿Y Mozart?”, me contestaron. Así que huí y me di una vuelta por todos los salones que se habían habilitado como salas de baile.

Tuve la misma impresión que con Viena: me gustaron los valses, pero me heló la sangre esa gente. Me acordé de una escena de Cabaret en la que un angelical adolescente de las Juventudes Hitlerianas enardece a todo un agradable y educado merendero mientras cantan “El futuro me pertenece“.

Hay que tener cuidado con que se nos oxide el alemán.


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