Los colombianos son unos seres sobrenaturales dotados de la pila perfecta, esa inagotable y autorrecargable que llevan buscando los del MIT desde hace varios años. Hay que verles bailar esa música machacona y repetitiva durante horas sin perder la sonrisa para comprender que no son de este mundo. A los demás, el alcohol nos puede ayudar a superar el dolor de tobillos pero nos mantiene a años luz de estos supermanes del baile. Toda Colombia está llena de “rumbeaderos”.
Si el rumbeo es en Andrés Carne de Res, la cosa ya es antológica. Este local de Bogotá con nombre de Asador Donostiarra es uno de los sitios más bizarros y más recomendables que he conocido últimamente. Por lo pronto es intrasladable, lo que en el mundo de la franquicia planetaria es muy de agradecer. Sólo puede funcionar donde está, como está y con la gente que lo lleva. No sólo está lleno de camareros macizos de ambos sexos con el nombre pegado en el culo a modo de matrícula (puedo asegurar que es la primera vez que he sido capaz de recordar el nombre de todos los camareros que me han atendido) sino que se come la mejor carne que recuerdo rodeado de una permanente performance y entrega de todo tipo de adminículos (fliers para la fiesta de Jalogüín, sombreros de paja, caretas de niños tipo Chuky, el kit de cumpleaños al estilo Andrés, etc). Las performances que varían de día en día y de hora en hora no tienen nada que ver con las petardadas de los restaurantes temáticos o drag con las que ya nos aburrimos en los locales españoles. Parece que entre pitos y flautas, Andrés tiene a 800 personas trabajando en este parque temático surrealista.
Customizan hasta el último adminículo que uno quiera imaginar: las botellas de agua (ver foto de “Rebajando el tinto”) vienen con relicario y el kit de dulces que te traen con la cuenta (“dulcemente adios”) lleva el logo de Andrés hasta en la moneda de chocolate. La carta es una versión de los picapiedras de una página web: una caja metálica con dos manivelas (una arriba y otra abajo) que hacen correr al modo de un cursor un menú infinito en el que nunca sabes que pedir. La cuenta, una vez pagada, viene en un cilindro metálico cerrado y para asegurarse que no te haces un sinpa los días de lío (en los que acabar bailando encima de la mesa es obligatorio) te dan un abanico cerrado en el que va adosado los datos de tu mesa, la camarera que te atendió y a la hora que te vas. Sirve de recuerdo y de salvoconducto.
Visualmente, el local es el almacén de un chamarilero que homenajea a Beuys (que era capaz de vendernos una bolsa con sangre de conejo como una obra de arte). De hecho, conozco algunas obras colgadas en la Tate que palidecen al lado de las cajas donde te traen la cuenta (recicladas de cualquier caja metálica, con una linterna, una lupa y alguna que otra sorpresa), las lámparas en forma de corazón art brut tipo “forget me not” que identifican cada mesa o cualquiera de los doscientos mil adminículos colgados por todas partes, reciclados en la fragua de Andrés el “reciclator”.
La tentación de meterte en el bolso todo lo que te traen ha sido convenientemente aprovechada por el listo Andrés que bajo el lema “Déjale a Andrés lo que es de Andrés”, ha abierto un almacén en el que puedes comprar los vasos, tazas, cajas de madera en las que llevarse la comida sobrante y todo lo que se te pueda ocurrir que hayas visto en el local y que te apetezca llevarte ¡que es mucho!
Ya podrían los del infumable ¡Mira quien baila! pasarse por allí a hacer el casting.





