10048 era el código postal del World Trade Center. Ya no existe más que en las camisetas que se imprimieron con él y se vendieron como apoyo a las víctimas del atentado. Guardo aún la que compré en noviembre de 2001, cuando, con los billetes regalados y recién estrellado en Queens un avión en extrañas circunstancias, me apalanqué en casa de mi amigo Manolo en NYC. Quería ver con mis propios ojos cómo se enfrentaba la ciudad que nunca duerme a la tragedia del 11-S.
NYC es una ciudad llena de espiritu crítico y ácida ironía, muy alejada del patrioterismo y de la ñoñería a la que nos tiene acostumbrados la Fox. Por eso sorprende que un neoyorquino de pro como Oliver Stone, que se ha pasado la vida poniendo a escurrir el lado más carca de la sociedad americana, haya hecho un pastelón como World Trade Center.
Es simplemente infumable, una película llena de miedo a no ser políticamente correcto, que llega al sumum con un Jesucristo portando una botella de agua mineral como sacado de un viaje de ácido en “The Doors“. No tiene diálogos, no tiene tensión dramática, no explica lo que cuenta, no cuenta nada. Y ya es difícil con el material del que parte. La película está llena de arengas facilonas y hasta presenta a Bush como un líder mundial, no como el que leía paralizado un cuento infantil de cabras en la escuela Booker. No se salva ni el busto parlante de Nicolas Cage. Vosotros, que aún podéis, ahorraros los 6 euros con cincuenta.





