Mi madre siempre tuvo un sueño: comprarse un Chuck Norris para que evitara que le robaran el bolso.
Su sueño era mucho más decente que el mío. Norris era un Ranger de Texas, amable benefactor, sanote yudoka y amante esposo de rubia fiscal sonriente, mientras que mi Jack, el Bauer de “24“, es un exdrogata justiciero, de gatillo y tortura fácil, con problemas con toda la cadena de mando que quede por debajo del fallecido Presidente Palmer.
No le querría de representante de EE.UU. en el Consejo de Seguridad de la ONU -aunque bien pensado, con el casting habitual incluso pasaría por compasivo- pero ampliando las funcionalidades del deseado forzudo materno, sólo lo quiero para que me tenga como a “la Whitney” (Houston, por supuesto).
Ya sé que no es muy apropiado con la que está cayendo, pero es que tengo la excusa de la herencia genética.
Antonio Fernández Coca ha abierto bitácora. 



