Si los bares y cafeterías no tenían suficiente con la competencia y con la famosísima “Ley Antitabaco” (que por cierto, para mí es sólo una ley antifumadores), a partir de ahora tienen un nuevo competidor con el que no contaban: el propio cliente.
Las marcas de alcohol, y sobre todo las cerveceras, (que pueden campar a sus anchas por televisiones, vallas publicitarias y periódicos) han dado un paso adelante poniendo en circulación formatos “familiares”.
Ya se puede convertir el salón de casa en una cervecería en toda regla. Los barriles de cerveza de cinco litros, con presión incorporada, van a convertir a los anfitriones en camareros a tiempo parcial y a algunos de sus invitados en clientes gorrones.
Además, aparte de la cerveza, habrá que comprar unas patatitas, unos berberechos, un poquito de queso… vamos algo de picoteo.
Y como este tipo de “establecimientos” tienen derecho de admisión pero no horario de cierre, se empezará a oír eso de “Venga María, vámonos a la cama que esta gente tendrá ganas de irse a su casa”
A este paso, cuando dos amigos se llamen para quedar y digan el famoso ¿Nos tomamos unas cañitas?, el otro responderá: ¿Dónde, en tu casa o en la mía?




