Publicado por Tormento el 20 de Abril de 2006

Junto con un respeto proto-prusiano por el orden nacido de la buena educación, el respeto a los mayores y la mutua convivencia, bulle en mí una francesa levantisca que se pone como un Bové cualquiera ante la sinrazón, el abuso de poder y la bobería en general. Mientras la Administración de ventanilla, póliza y vuelva Vd. mañana se embarca en la redacción de largas listas de derechos del ciudadano, el administrado, el contribuyente, el inspeccionado y el expropiado (por no extenderme…), su lugar es tomado al asalto en el subconsciente colectivo de lo kafkiano por los servicios telefónicos de atención al cliente. Seguro que todos tenemos experiencias exasperantes con un teléfono colgado en la oreja oyendo la versión al “piano romántico” del jingle de la compañía en cuestión (de vez en cuando te la cambian por la versión rapera, lounge o pop, según le dé al creativo de turno). Yo mismamente el miércoles pasado tuve una experiencia del tipo surrealista.

Con los profesionales de vacaciones y los escapados de la granja-escuela a los mandos de la nave, llamé a un banco de color chillón cuyo nombre no daré, para pedir que me mandaran “sobres e impresos de operativa” (vamos, los de ingresar pasta). Tecleo un número de estos que están pensados para que le pague yo el sueldo a los de la granja-escuela y me sale el señor de la voz metálica que me dice, con muy buena dicción, que tecleé esto, lo otro y lo de más allá, todo ello con el fin de que el sistema (o sea el señor metálico) me reconozca como cliente.

Tanto me reconoce que me da el saldo la mar de amablemente y me pregunta que qué quiero hacer. Con voz clara y marcando las sílabas le digo: “hablar con un operador”. El señor, con una eficacia que ya sólo parece reservada para los del tipo metálico, me pone una musiquilla al final de la cual aparece una señorita que trastabillándose, me vuelve a pedir todos mis datos. Con paciencia franciscana y sin preguntar lo obvio se los voy dando. Parece que existo pero tienen que validarme. Como el señor metálico no se fía de esta panda (¡no me extraña!), la Señorita, evidenciando que la mía es la primera llamada que atiende en su vida, me dice: “le voy a pasar la llamada al AVE (¿¿??) para que introduzca sus claves. Por favor, no se RETENGA”.

Antes de tirarme a su cuello siguiendo sus instrucciones, musiquita que te crió, señor metálico dándome de nuevo mi saldo, pregunta “Qué desea”, respuesta “hablar con un operador”, operadora que me vuelve a pedir mi nombre, apellido, DNI y que, según el manual me llama por mi apellido, pero ésta decide llamarme por el  segundo, así que siguiendo las instrucciones de la Señorita 1 no me retengo y le digo que mi apellido es otro, que ya me he validado 5 veces y que sólo quiero sobres. “Un momento por favor”. Y el bucle anterior comienza de nuevo: el sistema que me conoce de sobra no quiere validarme sino que me da mi saldo y me percute contra Marco Antonio.

Yo ya en estado de absoluta incontinencia verbal (aunque no tanta como para hacer comentarios sobre su nombre) me identifico de nuevo y de nuevo me mandan a hablar con el señor metálico no sin antes advertirme, por que se me debía de notar una limitación de entenderas, que facilitase “la primera y la sexta de sus posiciones, ehhhh, la primera y la sexta contadas de izquierda a derecha, ehhhh”. Antes de no retenerme de nuevo y decirle a mi Marco Antonio que mis claves no estaban ni en japonés ni en árabe y que no me quedaba más remedio que contarlas de izquierda a derecha, ya estaba ante un absoluto silencio. El señor metálico tan hasta la peineta como yo había decidido no preguntar ninguna de las dos posiciones. Ante tanto horror vacui tecleé las posiciones indicadas en el orden indicado, pero nada, mi hombre metálico desaparecido.

Marco Antonio me retoma, convencido de estar tratando con su abuela sorda, y me pregunta que qué tal ha ido: “Pues usted sabrá. Si la pantalla que tiene delante le deja acceder a mi cuenta, pues ha ido bien. Si no, pues me pase con el señor metálico a ver si le da la gana de aparecer y ya le cuento yo, de izquierda a derecha, las posiciones que él me pida”.

Y me pasó, y apareció, y tecleé y creí en el dios de los bites. Marco Antonio ya viéndome en su pantalla me pregunta “- ¿Qué desea?. – Sobres y formularios de operativa, por favor. – Mmmmm, o sea, que quiere conocer su operativa. – No, mire, gracias a Dios para eso tengo al señor metálico. Lo que quiero son esos adminículos de papel doblados y pegados en forma rectangular que permiten meter a su vez hojas de papel normalizadas y dobladas dentro. Pues me manden lo de dentro y lo de fuera”.

En el trabajo hemos hecho una porra sobre que será lo que finalmente Marco Antonio me mandará. No os retengáis y participad. De premio, un fin de semana con el único ser pensante sobre la faz de la tierra: el Señor Metálico.


Deja un comentario

Additional comments powered by BackType

    Prensa

    Radio

    Televisión

    Internacional

    Bitácoras

    Recursos