MIGUEL ANGEL MUÑOZ (MAM)
Apareció en la redacción casi por arte de magia, gracias a los colegas de la revista Transporte Mundial. Retozaba a mi lado y aunque al principio lo reconocí como uno de los mayores símbolos de la burbuja de Internet, a la vez que un cachivache imposible de vender ni siquiera en USA (vale casi 6.000 euros), nada más verlo, ya andaba como loco por subirme en él. Es un punto, corre que se las pela y además aprendes a llevarlo en cinco segundos. Vamos por partes. Si no lo enciendes, acción que se logra con una llave de lo más tecno, el chisme se cae como un saco de patatas. Es decir no vale nada, ahora bien, cuando lo enciendes, parece tomar vida… de hecho se pone como eréctil. Te subes y entonces te das cuenta del trabajo tecnológico que han hecho en su interior, ya que guardas el equilibrio de una manera muy fácil (con la gorra diría yo). Con la maneta derecha, si giras hacia delante giras a la izquierda, si giras hacia atrás haces lo propio a la derecha. Para ir hacía delante basta con echarte un poco hacia… adelante. Para frenar, hay que hacer lo contrario. Parece difícil pero no lo es.
Estoy encima y quiero moverme, algo me dice que no sea osado sino quiero romperme los dientes contra el suelo. Pregunto a mi instructor y me dice, “no te eches para adelante, sólo piensa en hacerlo”. De flipe. Dicho y hecho, sólo pensarlo te mueves lo justo hacia delante y el chisme empieza a moverse. A la primera, te das cuenta de que no hay que echarse adelante por las bravas. Hay que hacerlo sólo cuando de verdad controlas el Segway y quieres salir como una escopeta. Girar está chupado a baja velocidad, aunque cuando la cosa se embala puedes terminar en el suelo o encima de la mesa de alguna compañera por el mero hecho de hacerte el gracioso. Recorro el pasillo de mi redacción, entro el ascensor montado en el Segway, llego a la planta de abajo y alucine total de las personas que estaban esperando el ascensor. Hay que reconocer que es un cante.
Ya en la calle, pongo la velocidad más rápida (puede llegar a 40 Km/h por hora sin casco, youhuuuu…) Me echo hacia delante a lo bestia y subo por la acera como un auténtico misil a pesar de pesar 108 kilos del ala. La caña. Ahora comprendo su validez en una ciudad. A ese paso me pongo en donde me digas de Madrid en un periquete. Freno a lo bestia y el Seg se queda clavado. Mientras la gente de la calle flipa con el robotijo, intento hacer unos giros a alta velocidad, que no a tope y compruebo que dejar mis dientes hechos añicos contra el suelo es mucho más fácil de lo que parece. Quizá sea el único punto débil, a alta velocidad el giro debería ser más progresivo que a uno por hora. Vuelvo a la redacción yo tan pancho sin bajarme del Seg y subo en mi ascensor con el consiguiente flipe de la gente. Llego a mi mesa, me bajo, lo apago y el viril Seg se convierte en un flácido trozo de plástico con ruedas. Fin del sueño.
¿Me mola? A tope, de diez, me lo quedo. ¿Me lo compraría? Si 6.000 euros fueran como seis para mí o incluso como 60, lo haría ya. ¿Es útil? Si tienes donde guardarlo donde vas sí, sino pues como una moto más. Pero no olvides que si se queda sin batería tarda unas horas en volver a cargar y que el Seg pesa unos 30 kilos… por lo que mejor no quedarse sin batería. En definitiva, un chisme de primera, divertido, fácil de conducir, tecno a tope, práctico, pero caro, muy caro. Habrá que esperar a que los chinos (de hecho, creo que ya lo han hecho) hagan uno que cueste diez veces menos.





